24 Jan
Casi todos los grandes hombres tienen el mismo defecto: se creen inmortales. Poquísimos tienen la clarividencia de preparar su sucesión. Entre otras razones, porque piensan que nadie podrá sustituirlos dignamente, que los buenos tiempos no volverán y que los jóvenes ya no son como los de antes. En mis tiempos, habrá pensado Baini, estudiábamos y nos preparábamos para afrontar las responsabilidades que nos corresponderían, pero ahora los jóvenes lo quieren todo y de inmediato. Probablemente, si supiéramos descifrarlos con precisión, encontraríamos algo semejante también en los jeroglíficos egipcios. El hecho es que el mundo siempre ha seguido adelante y que a menudo a grandes hombres les han sucedido otros igualmente grandes, que sus predecesores no consideraban tales.
No sorprende, por tanto, que a la muerte de Giuseppe Baini nadie estuviera preparado para ocupar su puesto en la dirección de la Capilla Musical Pontificia. Nadie parecía poseer todas las cualidades que convierten a un músico en un buen director. Por eso, Baini corrió el riesgo de no ser sólo el primero, sino también el último director de la Sixtina. A su muerte, el 21 de mayo de 1844, siguieron décadas de vuelta al pasado. Volvió a dirigir el coro el anciano de los bajos, el cual, sin embargo, como había sucedido siempre, no se ocupaba con regularidad de poner a punto los detalles de la interpretación o de seleccionar el repertorio; se limitaba a marcar el inicio y poco más. En realidad, alguien intentó asumir un papel destacado, pero las cosas no funcionaron y, a falta de un candidato fuerte, al parecer se comenzó a pensar en alguien de fuera.
Las razones de tanta confusión fueron muchas; algunas se deben atribuir a hechos históricos; otras, la mayor parte, a la lentitud en comprender las novedades. Entre los acontecimientos que influyeron fuertemente en la vida de la Sixtina están seguramente los movimientos de 1848 y la sucesiva proclamación de la República Romana, que declaró terminado el poder temporal de Pío IX. Mientras Carlo Armellini, Giuseppe Mazzini y Aurelio Saffi, entre otros, abolían la pena de muerte e introducían principios legales como la laicidad del Estado, la libertad de opinión, el derecho a la casa y el sufragio universal masculino (sin prohibir expresamente el voto a las mujeres), las actividades de la Capilla Sixtina se habían suspendido. Alguien siguió redactando los diarios e, inevitablemente, se creó una división entre los cantores: por una parte los que rechazaron todo tipo de colaboración con las nuevas autoridades, y por otra los que no permanecieron insensibles a los halagos del poder.
Las fechas, en esta ocasión, poseen cierto interés. Los trabajos de la asamblea, presidida por Giuseppe Galletti, se había abierto oficialmente el 5 de febrero con el voto sobre la proclamación de la República. Como es sabido, Mamiani votó en contra. Las bases de la Constitución, en cambio, fueron sometidas a votación y aprobadas exactamente el 9 de febrero con 118 votos favorables, 8 contrarios y 12 abstenciones. Precisamente el 9 de febrero de 1849 se celebró en San Pedro un Te Deum de acción de gracias. Fueron invitadas tanto la Giulia, que aceptó, como la Sixtina, que con orgullo se negó a acudir. Sin embargo, cuatro cantores de la Sixtina participaron en la función. Eran Montecchiani, Poli, Chiari y Domenico Mustafà, que sería luego el director perpetuo de la Capilla papal.
Los franceses entraron poco después en Roma y ocuparon Trastevere, Castel Sant’Angelo, el Pincio y Porta del Popolo. El general Oudinot hizo publicar un comunicado según el cual los que se habían negado a aceptar la República eran los «verdaderos amigos de la libertad», los republicanos eran «unos pocos facciosos y descarriados», por lo demás miembros de «una facción extranjera», mientras que Francia era «una nación amiga de la población romana». Inmediatamente después proclamó la ley marcial.
Así comenzó otra era, y los republicanos fueron perseguidos tanto dentro como fuera de Roma. Pero, como sucede a menudo, el castigo no siempre lo sufren los culpables, o al menos no todos. De modo especial por lo que atañe a la Sixtina, los cantores que no supieron resistir a las sirenas republicanas sufrieron castigos, aunque diversos: Alessandro Montecchiani, Domenico Caramici y Pacifico Riccardi fueron expulsados, mientras que Chiari, Poli y Mustafà, tuvieron que someterse a «ejercicios espirituales», y ni siquiera por un tiempo demasiado largo. Cuando Pío IX volvió a Roma, algunos meses después, la Capilla pontificia reanudó su actividad regular. De reformas no se habló durante varios años; por lo demás, era tiempo de restauración.
6 Dec
Cierto: si no me pagan la pensión, probablemente no llegaré a conmoverme ante un Caravaggio, aunque puedo disfrutarlo gratuitamente en una iglesia romana. Pero si mi salario pierde poder adquisitivo, el mismo Caravaggio puede ayudarme a colmar el gap entre lo que desearía comprar y lo que me puedo permitir. Y esto es un riesgo para los economistas, que de hecho se mantienen a distancia de seguridad del arte, no sea que, a fuerza de recorrer museos, al
final el último período de Van Gogh les emocione más que el último modelo de tablet; y tal vez prefieran el penúltimo, resignándose al hecho de esa décima de segundo de mayor lentitud. Le sigue la caída de los consumos y de sus teorías.
Sin embargo, sobre todo cuando las cosas van mal, música, teatro, cine, libros pueden volver a llenar los vacíos existenciales más que los automóviles y otros bienes de consumo que la publicidad nos propone como panaceas. No porque ante la enésima vacación de Navidad por doquier haya diversión y no se piense en nada; al contrario, porque frente a un gigantesco Mark Rothko se puede disfrutar y al mismo tiempo comprender más lo que sucede a nuestro alrededor.
Entonces el servicio público se convierte en un instrumento esencial para esparcir a manos llenas bienes de reflexión masivos. Por ejemplo, seguir en directo por televisión el estreno de La Scala de Milán en Rai5, claramente, es un elemento de crecimiento que se debería tener en cuenta en la maniobra económica, junto, tal vez, a algún fondo para relanzar el sector. Incidentalmente, en los países en los que se razona a largo plazo, cuando la economía languidece donde primero se invierte dinero es en la cultura.
Si bien es necesaria una mayor atención mediática y económica por la cultura, también es verdad que las instituciones culturales no pueden seguir programando “en automático”. Con demasiada frecuencia se ha pensado que, con fondos en el banco y un concierto que organizar, lo único que hay que hacer es telefonear a una agencia para que proponga a un artista de fama mundial. Un método que era erróneo y que lo es ahora con mayor razón, dado que sector privado y público están mucho más atentos a dónde invierten en cultura.
Los caminos son dos: continuar lamentándose de la escasez de fondos, porque son pocos, y dilapidarlos llenando las carteleras de conciertos de paso; o seguir lamentándose de la escasez de fondos, porque son pocos, y aprovechar la ocasión para volver a idear, para programar siguiendo proyectos fuertes, introduciendo igualmente alguna idea, que no cuesta nada y por ello no se puede comprar.
Así que arte, cultura, economía y servicio público podrían hallar un momento de síntesis: el arte sirve al individuo para que sienta menos las necesidades y por ello la crisis; la cultura ayuda a relanzar la economía; y el servicio público detona el círculo virtuoso, haciéndolo evidente.